Turberas amazónicas: eficiencia para enfrentar el cambio climático

Las turberas son humedales donde el suelo permanece cubierto de agua durante la mayor parte del año. Pueden albergar árboles de gran tamaño o solo plantas pequeñas como las herbáceas. El término “turbera” deriva de vocablos europeos como el alemán torf o el finés turve y es aún poco conocido en nuestra región y país. Sin embargo, este aparente desconocimiento del término no implica que los ecosistemas de turberas estén ausentes en la región amazónica o que no hayan sido estudiados por la comunidad científica-académica amazónica, sino todo lo contrario.

Históricamente ha existido un vínculo muy estrecho entre las turberas y las poblaciones asentadas a su alrededor. Su suelo, conocido como “turba”, ha sido y es aún extraído para ser usado como fuente de energía o combustible alternativo a la leña o al carbón en países como Rusia o Estonia. En países costeros, la madera y los camarones son aprovechados en los bosques de manglares, que son un tipo de turbera. Diversos tipos de juncos que crecen en las turberas han sido usados para techar casas en Europa y Asia.

En la Amazonía peruana, el tipo más importante y extenso de turbera son los aguajales o bosques de palmeras, debido a la relevancia socioeconómica que tiene para la población local que habita en ellos. La extracción de los frutos de la palmera representa hasta el 22% del ingreso económico de las familias dedicadas a la cosecha de los frutos. Para entender la magnitud de la cosecha de aguaje, basta con mencionar que en la ciudad de Iquitos, antes de la pandemia, se consumían alrededor de 8,200 toneladas de frutos de aguaje por año, consumidos directamente o convertidos en helados y refrescos.

Además, los aguajales proporcionan otros productos derivados del fruto de aguaje, como los aceites y jabones producidos a partir de su semilla, o las larvas del escarabajo Rhynchophorus palmarum “suri” que son extraídas de sus troncos caídos y son consumidas como un aperitivo en la gastronomía amazónica. Asimismo, los aguajales proveen animales de caza que representan una fuente proteica y una alternativa de ingresos económicos para los pobladores amazónicos.

Existe una gran variedad de especies de fauna silvestre que usan los aguajales como hábitat, fuente de alimento o zona de anidamiento. Algunas especies de murciélagos (Molossops temminckii y Rhogeessa minutilla) tienen como hábitat exclusivo los aguajales, mientras que varias aves de la familia Psittacidae (loros y guacamayos) anidan en los troncos muertos de los aguajes.

Mamíferos nocturnos como el musmuqui (Aotus nancymaae) y la chozna (Potos flavus) duermen en lo alto de la copa de los aguajes. Asimismo, los frutos del aguaje constituyen una parte importante de la dieta de mamíferos medianos y grandes como los pecaríes (Pecari tajacu y Tayassu pecari) y la sachavaca (Tapirus terrestris), e incluso de algunas especies de peces.

Las turberas y los aguajales también son culturalmente muy importantes para las sociedades amazónicas. Debido a su capacidad para proporcionar una gran variedad de recursos, aunque técnicamente no es un árbol, la palmera de aguaje ha sido considerada como el “árbol de la vida” o el “árbol del pan” por pueblos amazónicos como el yagua y el cocamacocamilla. El pueblo urarina, adaptado a vivir en los humedales de la cuenca del río Chambira, confecciona su tejido tradicional ela o cachihuango a partir de las hojas jóvenes del aguaje. El tejido es usado para confeccionar otros objetos utilitarios y fue declarado por el gobierno peruano como Patrimonio Cultural de la Nación el año 2019. La estrecha relación cultural y espiritual de los urarinas con las turberas, los llevó a crear su propio sistema de clasificación, en donde destacamos los términos alaka para aguajal y jiiri para pantano abierto. Además, los urarinas dialogan y se relacionan con el baainu, el espíritu protector (o “madre”) de las turberas, que en la práctica actúa como “barrera cultural” para evitar la sobreexplotación de sus recursos naturales.

«Las turberas mantienen cautivo al carbono, impidiendo que sea liberado a la atmósfera como dióxido de carbono».

Las turberas o aguajales son ecosistemas excepcionales en todos los sentidos, siendo además unos espacios naturales con una gran capacidad para mitigar el cambio climático.

El hecho de que los suelos de las turberas estén cubiertos de agua la mayor parte del año, les permite mantener cautivo al carbono, impidiendo que sea liberado a la atmósfera como dióxido de carbono, es decir, en su forma de gas de efecto invernadero responsable del cambio climático. Debido a la falta de oxígeno en el suelo inundado de las turberas, el material vegetal que cae desde los árboles hacia el suelo (raíces, hojas, ramas y troncos) se descompone lentamente, lo que lleva a la formación, por acumulación, de una capa de materia orgánica semi descompuesta (turba) sobre el suelo de las turberas. El proceso de acumulación toma de cientos a miles de años y puede formar, en un tipo de ecosistema de turbera conocido como varillal hidromórfico, una capa de turba de hasta ocho metros de profundidad.

Según lo antes mencionado, podemos hacernos la siguiente pregunta: ¿cómo una porción de materia orgánica acumulada en el suelo de las turberas ayuda a mitigar el cambio climático? La respuesta es sencilla, aproximadamente el 50% del peso seco de la materia orgánica vegetal está compuesto de carbono, convirtiéndose en dióxido de carbono cuando la materia empieza a descomponerse por la acción microbiana. Por lo tanto, al ralentizar la descomposición microbiana de la materia orgánica, el carbono se queda en la turba, evitando incrementar el efecto del cambio climático a nivel global.

Una porción importante de carbono también se encuentra almacenada en las estructuras vegetales de los árboles presentes en los aguajales, varillales hidromórficos y otros tipos de turberas amazónicas. Considerando la turba y la biomasa de los árboles, una hectárea de aguajal puede contener hasta 800 toneladas de carbono, mientras que un varillal hidromórfico alcanza las 1,500 toneladas de carbono por hectárea (una super turbera). Entre los ríos Ucayali, Pastaza y Marañón se encuentra la región más extensa de turberas amazónicas del Perú, con 3.5 millones de hectáreas de turberas que almacenan 2.3 millones de toneladas de carbono no emitidos a la atmósfera. De ahí que la importancia global de las turberas amazónicas para mitigar el cambio climático sea hoy muy valorada.

A pesar de los beneficios, existen amenazas latentes que afectan la provisión de recursos y servicios proporcionados por los aguajales.

La tala indiscriminada de aguajes femeninos para la cosecha no sostenible de sus frutos, podría afectar negativamente el futuro de las poblaciones de aguaje e inclusive la diversidad de grandes mamíferos y primates asociados a los aguajales. Algunos derrames de petróleo en el área de influencia del Oleoducto Norperuano han sido registrados sobre aguajales. El trazado de la carretera Iquitos-Saramiriza pasa por la región del Abanico del Pastaza, una región con abundante presencia de varillales hidromórficos (super turberas) que podrían verse afectados por la deforestación esperada después de la construcción de la carretera.

Es en este sentido, que el Instituto de Investigaciones de la Amazonía Peruana (IIAP), institución líder y precursora del estudio de turberas amazónicas, conjuntamente con aliados estratégicos como la Universidad de Leeds (Inglaterra) o la Universidad de Saint Andrews (Escocia), buscan promover la conservación de las turberas mediante el aprovechamiento sostenible de sus recursos y la investigación enfocada en sus aspectos ecológicos, económicos y sociales. Cuánto más conozcamos sobre las dinámicas ecológicas de las turberas y las percepciones que las comunidades tienen sobre ellas, más fácil será elaborar estrategias que nos permitan preservar estos importantes espacios naturales para el planeta.

© Jhon del Aguila Pasquel.

Melodie Francoise Vasquez Wong

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