Ni lechuzas, ni murciélagos: El verdaderodueño de la cueva de Tingo María

Ingresar a la “Cueva de las lechuzas”, ubicada dentro del Parque Nacional Tingo María, es una experiencia que te eriza la piel. No solo es la humedad y el ambiente frío que te golpea el rostro, o la oscuridad que se hace notar mientras uno se adentra en la profundidad; es, sobre todo, un sonido. Un griterío tenebroso y sombrío que retumba en las paredes rocosas y que, inevitablemente, despierta miedo en quien lo escucha por primera vez. Al levantar la vista, los turistas asumen que están visitando el hogar de enormes lechuzas; sin embargo, el nombre del lugar no alude a la especie que lo habita, los dueños de esta cueva son otros.
Entonces, ¿a quién pertenece esta cueva? Su nombre científico es Steatornis caripensis, pero todos lo conocemos como “guácharo”. Al verlo de cerca, su apariencia impresiona, tiene un plumaje marrón rojizo con
manchas blancas en forma de diamante, grandes ojos adaptados a la oscuridad y unos curiosos bigotes (vibrisas) que funcionan como sensores táctiles para detectar objetos próximos sin luz. Por el pico que posee, pareciera que su alimentación fuera similar a un halcón, sin embargo, es todo lo contrario: el guácharo es la única ave nocturna voladora estrictamente frugívora. Investigaciones realizadas en el Parque Nacional Tingo María revelan que su dieta está dominada por la familia Arecaceae (palmeras), principalmente pijuayo, ungurahui, huasaí y chonta, entre otras. De hecho, su propio nombre científico cuenta su historia: Steatornis proviene del griego steanos (grasa) y ornis (pájaro), refiriéndose a la abundante grasa de sus pichones, que en el pasado era aprovechada para extraer aceite; mientras caripensis hace honor a la Cueva de Caripe en Venezuela, lugar donde la especie se dio a conocer al mundo.
Pero su rasgo más fascinante no se ve, se escucha. Para entenderlo, hay que saber distinguir los dos sonidos que emiten. El primero es el griterío abrumador que nos recibe al entrar; esos son graznidos sociales, llamadas de alarma para avisar al grupo de nuestra presencia. El segundo, que solo emiten al volar y que se esconde detrás del alboroto, son los famosos clics o chasquidos de ecolocalización. Estos son sonidos secos y rítmicos, muy similares al golpe de dos piedras pequeñas. A diferencia de los murciélagos, estos clics son audibles para el oído humano y funcionan como un sonar que les permite esquivar paredes, árboles e incluso a otras aves. ¿Por qué lo necesitan si tienen grandes ojos? La ciencia ha revelado un hecho curioso: sus ojos tienen una alta sensibilidad para captar luz, lo cual es excelente para orientarse con el cielo nocturno, pero poseen una baja resolución que le dificulta ver los detalles. Utiliza su olfato para encontrar frutas a gran distancia, su ecolocalización para esquivar obstáculos mientras vuela y sus bigotes táctiles
para sentir lo que tiene en el pico. Por esta
razón, el guácharo no depende de un solo
sentido, sino que los complementa.
Todos estos sentidos agrupados tienen
un único propósito: alimentarse de frutos
maduros. Al salir de la cueva, el guácharo no se limita a sus alrededores. Estudios
indican que pueden volar un promedio
de 65 kilómetros por noche, con registros
máximos de hasta 150 kilómetros. Suelen
volar en bandadas pequeñas en busca de
alimento y, cuando lo encuentran, ejecutan una maniobra aérea impresionante.
Pueden arrancar los frutos en pleno vuelo
sin posarse y tragárselos enteros. Una vez
digerida la pulpa, las semillas son regurgitadas intactas, ya sea en el suelo del bosque mientras siguen su ruta, o dentro de
la cueva. En el interior de la cueva, estas
semillas se acumulan formando “manchales” o incluso montículos. Debido a esta capacidad de mover semillas grandes a distancias enormes, es considerado un gran
dispersor de los bosques neotropicales. Al transportar estas semillas

desde el exterior al interior de la cueva, estas aves se convierten en la principal fuente de energía para el ecosistema subterráneo. Por esta capacidad de conectar distintos entornos, se les considera una especie bioindicadora: su presencia confirma el buen estado de conservación de los bosques donde habitan.
Pero la historia de esta ave no está completa sin su vínculo con el ser humano. En la zona de El Cenepa, la comunidad awajún Muún Shamatak mantiene una relación ancestral con el guácharo (conocido allí como “tayu”), que habita en las cuevas conocidas como Sácham tayují. Esta conexión se manifiesta en una práctica ancestral anual de recolección donde se cazan únicamente los pichones, respetando estrictamente a las madres, bajo la premisa de que se debe mantener un respeto sagrado hacia la especie. Sin embargo, el líder de la comunidad, apu Remigio, advierte que “las nuevas generaciones no conocen nuestras prácticas ancestrales”, un desconocimiento que pone en riesgo el equilibrio natural por la caza desmedida. Esta problemática evidencia la necesidad de fundamentar estrategias de conservación. Por esa razón, resulta prioritario generar información sobre la especie mediante métodos no invasivos que permitan monitorear sus poblaciones sin causar alteraciones. Solo con estos datos podremos evaluar su verdadero potencial; después de todo, cada especie funciona como una reserva de soluciones biológicas que aún no hemos descubierto. Permitir su extinción sería un error, porque significa destruir las respuestas a nuestros futuros problemas antes de siquiera haberlos encontrado.
