LA ENTREVISTA: Christopher Schulz Universidad de St Andrews

Investigador y profesor del Departamento de Geografía y Desarrollo Sostenible de la Universidad de St Andrews – Escocia, Reino Unido. Realizó un doctorado y máster en Medio Ambiente y Desarrollo por la Universidad de Edimburgo, así como una licenciatura en Política y Administración Pública por la Universidad de Constanza. Su trabajo es interdisciplinario y se centra en las relaciones entre medio ambiente, desarrollo y gobernanza. Se especializa en analizar las dimensiones económicas críticas de la sostenibilidad, cuestionando los instrumentos económicos tradicionales y explorando enfoques alternativos para la valoración del medio ambiente. Ha desarrollado investigación extensa en América Latina, en Perú y Brasil, así como en el sur de Asia y África, con un fuerte interés en los valores que influyen en las decisiones sobre el agua, los conflictos socioambientales y las políticas hídricas. Asimismo, trabaja en temas como justicia ambiental, economía ecológica y pluralidad de valores en la gestión de recursos.

– ¿Podría contarnos brevemente su trayectoria académica y profesional, y cómo llegó a interesarse por la intersección entre medio ambiente, desarrollo y gobernanza ambiental?

La intersección entre medio ambiente y desarrollo me ha fascinado casi desde el principio de mi carrera. Fue durante mi licenciatura en la Universidad de Constanza, Alemania, en una clase sobre los derechos de la propiedad intelectual que aprendí sobre los conflictos ambientales y de justicia social asociados con la biopiratería, es decir, la explotación del conocimiento ecológico indígena y local para el beneficio de las grandes compañías farmacéuticas, sin

compensación adecuada. Acabé escribiendo mi primer artículo científico sobre los sistemas de protección intelectual para el conocimiento tradicional en India y China en una revista para estudiantes, basándome en el ensayo desarrollado para esta clase. Fue una excelente oportunidad poder tener esa experiencia como estudiante de licenciatura, y creo que es muy importante que ofrezcamos ese tipo de oportunidades para el desarrollo profesional de otros jóvenes investigadores y académicos. Uno nunca sabe cómo les puede impactar en sus carreras profesionales. ¡Gracias, Constanza!

Mi interés en esa intersección fue fortalecido durante unas prácticas y consultorías con GIZ, la organización alemana de cooperación internacional para el desarrollo. Contribuí a organizar una conferencia sobre REDD+ en México. REDD+ se basa en la idea de que podemos pagar a los dueños de los bosques para evitar la deforestación. Parece una idea simple y efectiva, pero la realidad es mucho más compleja. Muchos años después, seguí con el interés en la conservación ambiental basada en los mercados de carbono, por ejemplo, en el contexto de las turberas tropicales, que me llevaron a la Amazonía peruana para un proyecto de investigación posdoctoral o, más recientemente, a la Cuenca del Río Congo. También he tenido la oportunidad de estudiar conflictos internacionales sobre las grandes represas y la gobernanza del agua en el Pantanal brasileño y en Kenia, África. La verdad es que todo lo que tiene que ver con la intersección medio ambiente y desarrollo me interesa, aunque reconozco también que es una temática bastante amplia. La gobernanza conecta a ambos.

– Ha trabajado en América Latina, el sur de Asia y África. ¿Qué aprendizajes transversales le han dejado estas experiencias? ¿Son los mismos problemas para latitudes diferentes?

Poder comparar las realidades de varios países y continentes es un gran privilegio. La Escuela de Geografía y Desarrollo Sos

tenible de la Universidad de St Andrews (y también el Departamento de Geografía de la Universidad de Cambridge donde trabajaba antes) ha sido una excelente base para poder colaborar con instituciones e individuos en todo el mundo, entre ellos, el IIAP, cuya sede central se encuentra en la ciudad de Iquitos, donde pasé dos meses, trabajando con colegas del Programa de investigación de la diversidad cultural y economía amazónica. El resultado de esta visita fueron varias publicaciones colaborativas, sobre el conocimiento ecológico indígena y local acerca de las turberas y humedales y su conservación.

No importa donde uno esté, las comunidades tradicionales desarrollaron formas de sobrevivir con los recursos disponibles y tienen una fuerte relación con los ecosistemas que les rodean. Pero lo que nosotros entendemos como conocimiento tradicional también tiene historia, y cambia. Fue sorprendente descubrir que las comunidades congoleñas que viven cerca de las turberas tienen un modo de vida tan similar a las amazónicas. Pescan, cazan, plantan yuca, cosechan frutos de palmeras. Aunque el origen de la yuca está en América del Sur, se ha integrado perfectamente en la cultura del Congo. Su plato nacional, el saka-saka, se prepara con las hojas de la yuca (es decir, sigue habiendo diferencias entre los países también).

Otra transversalidad es menos alegre. El capitalismo global y los medios de comunicación modernos están llegando a todas partes, lo que significa cada vez más presión en los ecosistemas naturales y las culturas locales, amenazando la biodiversidad cultural. Estamos perdiendo idiomas locales, historias, mitologías, y prácticas tradicionales, una erosión favorecida por el uso casi global de smartphones y aplicativos de mensajería instantánea. En una pequeña aldea del Congo me encontré con un joven de 14 años que me hablaba en español porque estaba practicando con Duolingo. Era divertido, ¿pero será que este chico sabrá ubicarse en el bosque al igual que sus abuelos? Hay proyectos para documentar ese conocimiento tradicional

en los nuevos medios de comunicación, y aunque eso es muy importante, no será lo mismo que vivirlo tal como era antes. A fin de cuentas, no podemos parar al tiempo. Todos viviremos en escenarios culturales híbridos, con influencias globales cada vez más diversas, pero a la vez más uniformes. Y no se puede ni se debería negar el acceso a estos medios de comunicación e información globales a quienes buscan tenerlo.

– En las últimas décadas hay mayor evidencia científica sobre la importancia que los sistemas de conocimiento local tienen en la conservación de los ecosistemas vulnerables, pero a la vez pareciera que la presión sobre estos sistemas de conocimiento es más intensa y los discursos vacíos más abundantes ¿Cuál es su opinión al respecto?

Dependiendo del contexto, pueden ser diferentes grupos los que valoran el conocimiento local y los que causan presión sobre este conocimiento. En el contexto académico hay muchísimo interés en el conocimiento ecológico local e indígena. Un buen ejemplo es la Plataforma Intergubernamental Científico-normativa sobre Diversidad Biológica y Servicios de los Ecosistemas (IPBES, en inglés) que incluso tiene apoyo gubernamental de un número creciente de países y que se integra en la estructura de la ONU, con Secretaría en Bonn, Alemania. En el marco conceptual del IPBES, desarrollado por un grupo de investigadores y especialistas de todo el mundo, aparece el conocimiento indígena con el mismo estatus ontológico de evidencia científica que la ciencia occidental, que se enseña en las universidades. También se da la misma importancia a los sabios indígenas como a los investigadores y profesores que publican en revistas internacionales.

Pero al final de cuentas, IPBES todavía no tiene tanta influencia política. Supimos de la COP en Belém, pero pocos saben cuándo hay una conferencia del IPBES. Y en la práctica, los intereses económicos siguen siendo una de las fuerzas dominantes en las decisiones públicas, sobre todo a nivel

nacional. Es difícil escaparse del capitalismo global y sus impactos culturales, sociales y ecológicos. Las alternativas muchas veces funcionan mejor a nivel local.

– ¿Qué opina sobre los instrumentos económicos negociables para la conservación? ¿Son adecuados y se adaptan a la realidad que viven las poblaciones locales?

Hacer que los recursos financieros estén disponibles para aquellos que buscan conservar los ecosistemas naturales, ¿qué problemas podría haber? Todos (bueno, casi todos) estamos de acuerdo que la conservación ambiental es buena. Ofrecer incentivos financieros para quienes la ponen en la práctica, parecía justo.

Pero al estudiar estos instrumentos económicos de gobernanza con más tiempo, los problemas aparecen. A nivel local puede haber desigualdad en el acceso a esos programas. Quién ya es económicamente pobre (y culturalmente rico), muchas veces lo seguirá siendo, porque los programas de pagos por servicios ecosistémicos son muy complejos en su administración. Requieren una cierta formación profesional, acceso a capital, algo que muchas comunidades rurales no tienen. Entran los consultores nacionales e internacionales, administrando esos programas y ganando salarios altos. No quiero decir que no puedan haber resultados positivos, pero la equidad y justicia social siguen siendo un desafío enorme.

Otros problemas son más siniestros, la corrupción, la manipulación de datos. Se venden créditos de carbono para áreas donde no había ni amenazas a su conservación ni restauración ecológica, o se observan incendios en bosques certificados, anulando su beneficio para el clima global. Igual es importante resaltar que esos son problemas superficiales que se podrían resolver con una buena gobernanza, con responsabilidad, mejor tecnología, mejores modelos ecológicos, buenas leyes y controles externos.

A nivel más filosófico y fundamental, es raro pensar que el mismo sistema de gobernanza económico de expansión que nos ha llevado a destruir y sobreexplotar tantos ecosistemas podría ser la respuesta para su conservación también. A la vez, cuesta imaginar alternativas. A pesar de sus impactos negativos en el medio ambiente y las culturas más tradicionales, el sistema económico actual es bastante fuerte y resiliente, no habría mucho apoyo en la sociedad para cambiarlo, al menos hasta que no sea tan fuerte y resiliente. Por ahora, hay que buscar soluciones a escalas más locales, por ejemplo, con los pueblos indígenas, que muchas veces ya viven de forma sostenible a esas escalas. No hay respuestas simples. La ética individual y colectiva siguen siendo importantes.

– Cuando se trabaja con comunidades locales se percibe el apego y respeto que esas comunidades todavía tienen por los bosques circundantes. ¿Considera que la sociedad occidental ha interiorizado suficientemente este aspecto o mantiene la visión vertical economicista sobre los bosques?

Hay que evitar una lógica simplista de que las comunidades locales sean “buenas” y los occidentales somos los “malos”. Los occidentales podemos ser aliados de las comunidades locales. Aunque por lo general las comunidades siguen modos de vida más sostenibles, tampoco debemos pensar que todos sean unos santos, incapaces de fallar. Al final somos todos humanos falibles. Solo que las comunidades locales han tenido más tiempo para pensar y solucionar los desafíos de sostenibilidad, son más avanzadas.

Por ejemplo, la extinción de muchas especies en Australia coincide con la llegada de los primeros humanos, hace muchos miles de años. Hoy en día sus descendientes tienen modos de vida y culturas sostenibles, en armonía con lo que nosotros los occidentales llamamos “naturaleza”. Pero fue un aprendizaje duro, con impactos fuertes e irreversibles. Los occidentales estamos atrasados en esa trayectoria, no hemos

aprendido una forma de vivir sostenible todavía, no me excluyo. Búsqueda y error, un experimento científico y social a nivel planetario (la escala de los impactos sí es algo que nos diferencia de las comunidades locales e indígenas), con resultados desconocidos y catastróficos para muchas especies. La escala de los impactos sí es algo que nos diferencia de las comunidades locales e indígenas.

– En varias ediciones recientes de la COP, los pueblos indígenas han realizado protestas para denunciar la exclusión de sus voces y la falta de protección de sus territorios. ¿Cómo interpreta estas manifestaciones dentro del marco de la gobernanza ambiental global, y qué implicaciones tienen para el diseño de políticas climáticas más justas e inclusivas?

Vivimos en un mundo más polarizado hoy. Brasil es un buen ejemplo. Por un lado, el discurso del gobierno brasileño actual es progresivo, enfatizando la importancia de los derechos indígenas. Vemos como Sônia Guajajara, la primera ministra indígena del país, se convierte en símbolo de esperanza para las voces indígenas en los discursos nacionales e internacionales. Pero hace pocos años el escenario era muy diferente. Los derechos indígenas no eran prioridad del gobierno anterior, y no sabemos cómo será el futuro. E incluso con el gobierno ac

tual, que supuestamente apoya a los pueblos indígenas, hubo manifestaciones y protestas que les dieron visibilidad en las noticias de todo el mundo, pero que causaron dudas sobre el grado de su participación en la política brasileña.

Una dificultad de los pueblos indígenas es que son pocas personas en números absolutos y muchas veces tienen poca influencia política y económica. Siempre necesitarán aliados. Pero también existen desafíos incluso en un contexto favorable. El conocimiento indígena, por definición, es local, arraigado en el territorio. No viaja fácilmente, mientras que, para la cultura global y occidental, cambiar de lugar y conquistar nuevos territorios sí es fácil. Es un desafío que ni IPBES ha podido resolver de manera contundente. A pesar del discurso progresivo, sus informes globales parecen convencionales, occidentales, científicos, sigue habiendo una fuerte demanda para ese tipo de formatos. El conocimiento indígena “auténtico” se transmite de forma oral, en el lugar, de los sabios a los jóvenes. Visto así, un informe o un artículo en una revista internacional de conocimiento indígena puede interpretarse como una contradicción en sí misma. Los investigadores que trabajamos en estos temas no podemos evitar producir híbridos culturales, pero es mejor buscar ser aliado que rendirse.

Attalea Administrador

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