El valor cultural del bosque: una alternativa poderosa, justa y elegante a los créditos de carbono y biodiversidad

En los últimos años, algunos instrumentos negociables como los créditos de carbono o los de biodiversidad se han posicionado como las herramientas que más se promueven a la hora de plantear estrategias que permitan mitigar los efectos del cambio climático. La lógica es en principio bastante simple: compensar las emisiones contaminantes a nivel global a través de la protección o recuperación de los ecosistemas que almacenan carbono o de aquellos que promueven o mantienen la biodiversidad.
Aunque pueda parecer una propuesta reciente, la idea de los créditos de carbono como herramienta para mitigar las emisiones contaminantes no es nueva. Se em
pezó a gestar el año 1992, hace ya más de tres décadas, durante la celebración de la Cumbre de la Tierra en Río de Janeiro, lugar donde nace la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático. Cinco años más tarde, en 1997, los compromisos se concretaron en el Protocolo de Kioto, que estableció medidas y mecanismos para reducir los gases de efecto invernadero en el planeta. Uno de los mecanismos propuestos en el Protocolo fue el establecimiento de los créditos por compensación de emisiones, entre los que se encontraban los créditos de carbono (Díaz-Cruz, 2016).
Posteriormente, a partir del año 2007, se empezó a pensar en iniciativas que pu

dieran materializar la idea existente detrás de los créditos de carbono, pero incorporando la conservación de los bosques a la ardua tarea de mitigar el cambio climático. Es así como nacen los proyectos REDD, abreviatura de “reducción de las emisiones de la degradación forestal y la deforestación en países en desarrollo”. Luego, aparecieron los proyectos REDD+, que ponían más peso en la gestión sostenible del bosque para aumentar los stocks de carbono y que de manera incipiente favorecían la inclusión de las comunidades indígenas que habitaban esos bosques (Börner et al., 2011).
La idea original detrás de REDD y REDD+ era incentivar a los países y comunidades que protegían sus bosques y mitigaban la emisión de gases contaminantes a la at
mósfera. Los proyectos REDD+ surgieron principalmente en zonas donde los bosques enfrentaban amenazas reales; sin embargo, en muchos casos, estos proyectos ignoraron las dinámicas socioeconómicas y culturales de las poblaciones que tradicionalmente dependían de esos ecosistemas. Además, se pasó por alto el papel fundamental de estas culturas locales en la conservación de esos bosques. La deforestación evitada empezó a ser incentivada por los mercados voluntarios con créditos que podrían ser comercializados o vendidos, generando así lo que se conoce hoy en día como mercados de créditos de carbono.
Adicionalmente a esto y siguiendo la línea de tiempo, la cumbre climática de París, celebrada el año 2015, estableció que los países miembros entregarían sus objeti

vos individuales para lograr la reducción de emisiones a la atmósfera, objetivos conocidos con las siglas en inglés NDC, que no son otra cosa que las contribuciones que un país propone para reducir las emisiones de gases contaminantes a la atmósfera. Los NDC podrían alcanzarse si, entre otras estrategias, se echaba mano de mecanismos de compensación de emisiones como los créditos de carbono o de biodiversidad, que permitirían reducir las emisiones de gases de efecto invernadero al mercantilizar extensas áreas de bosques consideradas como almacenes de carbono o zonas ricas en biodiversidad.
Pero, como suele ocurrir en cualquier ámbito de la vida, la visión reduccionista deja a un lado aspectos esenciales que, por lo general, ayudan a tomar decisiones acertadas. Los créditos de carbono reducen los bosques a simples espacios que almacenan carbono y los convierten en monedas de cambio que minimizan una de las dimensiones (desde mi punto de vista la principal), que favorece la conservación: los pueblos indígenas y su relación cultural con los bosques donde habitan (Calmet, 2018). Aunque los novedosos créditos de biodiversidad no son tan reduccionistas, también incorporan procesos de certificación que introducen intermediarios en todo el proceso y vuelven a olvidar que los bosques mejor conservados del planeta son producto de prácticas y valores que están integrados en los complejos sistemas de conocimiento atesorados por los
pueblos indígenas que los habitan.
¿No sería más razonable, justo y eficaz a largo plazo para la conservación incentivar de manera directa y fortalecer la cultura y la identidad de estos pueblos indígenas? ¿No son ellos, con sus complejos sistemas de conocimiento, quienes han conservado grandes extensiones de bosques en el planeta? ¿No ha sido la sociedad occidental, la que se ha dedicado a erosionar estos sistemas de conocimiento y por lo tanto destruir las interacciones equilibradas que estos pueblos mantenían con sus entornos naturales?
Los créditos de carbono y biodiversidad son mecanismos externos que dependen de los vaivenes del mercado internacional, por lo que es complicado asegurar que los beneficios para las comunidades involucradas sean constantes. Sus beneficios suelen llegar de manera desigual a las comunidades y, muy frecuentemente, los gestores de los fondos (que por lo general nunca son las comunidades), no tienen en cuenta ni reconocen el papel histórico que estas comunidades han jugado en la conservación de esos bosques (Vega-Ruíz, 2021). Pareciera que los créditos de carbono y biodiversidad solamente benefician a los intermediarios, siendo usados básicamente para “lavar” emisiones contaminantes en otros hemisferios. El principal problema de estos instrumentos negociables es que afectan de manera directa los medios de vida y la cultura de las poblaciones que han vivido en esos bosques y los han conservado durante siglos, generando dependencia económica y debilitando los eficientes sistemas de conocimiento que favorecen su conservación.
No cabe duda de que el fortalecimiento de los sistemas de conocimiento indígena, la identidad y el apego por el territorio serían formas mucho más inteligentes de

invertir de manera eficaz y eficiente en la conservación (Reyes-García, 2009), teniendo además en cuenta que estas acciones podrían ser incorporadas en la ejecución de proyectos cuya base son los créditos de biodiversidad. Mantener la identidad, el apego y respeto por los ecosistemas es la mejor garantía para la conservación, algo que a la larga no pueden asegurar los créditos de carbono ni de biodiversidad por si solos. Los pueblos indígenas siempre han interpretado los bosques no como un recurso (manera simplista), sino como un hogar compartido con los seres no humanos, con los que se mantienen relaciones de reciprocidad. Es una estrategia de base, no de mercado, por lo que se mantiene a largo plazo y suele ser mucho más sostenible que otras estrategias basadas en el mercantilismo.
Un bono de carbono (equivalente a una tonelada de dióxido de carbono) se mantendrá activo mientras dure la vigencia del contrato; cuando finalice, existe la posibilidad de que actividades como la deforestación se inicien de nuevo, igualando o superando los niveles previos al inicio de la intervención (Carrilho et al., 2022). En estos casos, el valor económico del bosque relega al valor cultural y es muy difícil revertir el proceso, principalmente porque el apego por los bosques ya no nace del corazón sino del bolsillo.
No cabe duda de que las culturas indígenas aseguran la sostenibilidad más allá de los mecanismos de compensación de corto plazo. Mientras que siempre existirá la duda de si un crédito de carbono puede durar más allá del contrato, el fortalecimiento cultural —a través de la transmisión de la lengua, prácticas agrícolas sostenibles, artes, espiritualidad y sistemas de gobernanza propios—garantizará que las futuras generaciones continúen respetando y cuidando sus territorios. Incentivar la cultura es, en última instancia, asegurar la permanencia de una ética ambiental que no depende de precios, de certificados ni de créditos.
Aunque los incentivos económicos pue
den tener efectos perversos, cuando se orientan al fortalecimiento de los conocimientos, prácticas y valores tradicionales, pueden incluso ser significativamente más eficaces que aquellos mecanismos que los ignoran. Esto se debe a que la cultura involucra vínculos afectivos y éticos que perduran más allá del apoyo financiero, beneficiando directamente a los verdaderos gestores del territorio. Al generar activos culturalmente relevantes y socialmente aceptados, estos incentivos contribuyen de manera más sólida y duradera a la reducción de la deforestación y a la conservación ambiental (Carrilho et al., 2022). Mientras los créditos de carbono reducen los bosques a activos financieros, las culturas indígenas los reconocen como una herencia espiritual y colectiva.
Los bosques mejor conservados del planeta se encuentran, en su mayoría, dentro de territorios ancestrales de pueblos indígenas. Sin embargo, históricamente, rara vez se ha pensado en compensarlos de manera directa, ni en diseñar programas de largo plazo orientados a fortalecer su identidad, sus sistemas de conocimiento o su profundo vínculo con el bosque. Estos aspectos tan importantes han sido pasados por alto por los mecanismos de compensación
condicionada existentes actualmente. Antes de hablar de incentivos económicos o mecanismos de mercado, deberíamos centrarnos en garantizar el acceso a derechos básicos y mejorar las condiciones de vida de estas comunidades, evaluando siempre el impacto real que nuestras intervenciones tienen sobre sus medios de subsistencia y sus sistemas de conocimiento.
Este enfoque representa una herramienta mucho más poderosa que los créditos de carbono o biodiversidad, porque trasciende la lógica del mercado, al promover la sostenibilidad intergeneracional, reforzar la justicia social y la conservación ambiental.
No se trata de rechazar totalmente los instrumentos financieros (si llegó hasta este punto y está de acuerdo con este tipo de mecanismos, no me censure completamente), sino de revisarlos críticamente e integrarlos con una comprensión más profunda del verdadero motor de resiliencia de los bosques amazónicos: su valor cultural y la relación cercana —todavía poco entendida— que los pueblos indígenas mantienen con su entorno.

REFERANCIAS BIBLIOGRÁFICAS
Börner, J; Wunder, S; Armas, A. (2011). Pagos por carbono en América Latina: de la experiencia de proyectos piloto a la implementación a gran escala. Revista Española de Estudios Agrosociales y Pesqueros 228: 115-137.
Calmet, A. (2018). Contribución de los pueblos indígenas a la conservación de la Amazonía peruana. Lima, Perú: Sociedad Peruana de Derecho Ambiental; Andes Amazon Fund. 41 pp.
Carrilho, C; Demarchi, G; Duchelle, A. E; Wunder, S; Morsello. C. (2022). Permanence of avoided deforestation in a Transamazon REDD+ project (Pará, Brazil). Ecological Economics 201:107568.
Diaz-Cruz, M.C. (2016). Bonos de carbono: un instrumento en el sistema financiero internacional. Libre Empresa 25 :11-33.
Reyes-García, V. (2009). Conocimiento ecológico tradicional para la conservación: dinámicas y conflictos. Papeles 107: 39-55.
Vega-Ruíz, R. (2021). Fijación, mercantilización y desposesión del carbono en América Latina. Los proyectos REDD+ para combatir el cambio climático. De Raíz Diversa 8 (15): 197-219.