La entrevista: Dr. José Manuel Padial

José Manuel Padial es doctor en biología por la Universidad de Granada, con estudios postdoctorales en la Universidad de Uppsala y en el Museo de Historia Natural del Nueva York. Ha sido responsable del Departamento de anfibios y reptiles del Museo Carnegie de Historia Natural. Su campo de especialidad es la sistemática y evolución de las especies, sobre todo de los anfibios y reptiles. Ha realizado expediciones a Bolivia, Perú, Paraguay, Colombia y norte de Africa, con el fin de mejorar el conocimiento sobre la diversidad de especies en varios taxa y ecosistemas. Actualmente se desempeña como profesor contratado en el Departamento de Zoología de la Universidad de Granada.

Parte de su vida como científico ha estado dedicada a la clasificación científica de las especies de anfibios existentes en la Amazonía. ¿En sus trabajos de campo, durante todos estos años, ha notado el impacto del cambio climático sobre las poblaciones de anfibios amazónicos? ¿Son los anfibios el «canario en la mina de carbón» en los tiempos de cambio climático?

No he notado el impacto del cambio climático, y probablemente no podría notarlo debido a que nuestro conocimiento sobre la biología, distribución y diversidad de las especies de anfibios de los bosques amazónicos es aún tan pobre que resulta dificil hacer observaciones de este tipo. Pero me he topado con otros problemas graves, tan graves como el cambio climático y relacionados con él, que pueden ser constatados por cual­quiera que viaje por la Amazonía: la deforestación causada por la expansión agrícola de productos de exportación como el café, la coca, la carne de res, la soja o la palma aceitera, así como el desarrollo de hidroeléctricas. He podido observar también los estragos causados por un hongo quitridio originario del Asia tropical y que ha sido desplazado accidentalmente por todo el mundo. Si bien en la Amazonía baja no parece haber tenido aún un gran impacto, esta pandemia fúngica ha desgraciado las comunidades de muchas especies de anfibios del pie de monte andino y de los bosques de nubes y páramos de la cuenca amazónica. Tuve la triste suerte de encontrar algunos de los últimos ejemplares de especies, hoy consideradas extintas, cuando realizaba mi tesis doctoral en Bolivia. En este sentido los anfibios de la cuenca amazónica ya han sido el «canario en la mina de carbón». Mientras observamos espantados como avanza la pandemia global que elimina ranas a un ritmo superior a cualquier evento de extinción conocido por la ciencia, creamos de forma similar nuestra propia pandemia. Si esto no es un aviso …Estas pandemias, la deforestación y el cambio climático surgen de la misma ideología, una ideología ingenua y acientífica en la que la destrucción de la tierra y la vida no computan cuando se echan las cuentas del crecimiento económico.

¿ Cree que la diversidad de anfibios en la Amazonía está infravalorada? ¿ Cuántas especies de anfibios se calcula que pueden vivir en la Amazonía?

Muy infravalorada. Recién comenzamos a rascar la superficie. Nos queda mucho por excavar, si me permites la analogía con la arqueología. Si comparamos el esfuerzo de muestreo en la Amazonía con otras regiones en las que habitan más investigadores (que gozan de más fondos), donde es más fácil realizar trabajo de campo, y donde además predomina una vieja tradición que incita a conocer la diversidad biológica hasta en el último rincón de una región o país, veremos que aún estamos, sino en la infancia, en la adolescencia del conoci­miento. Para conseguir un adecuado conocimiento de la diversidad de especies de una región es necesario obtener un muestreo denso en el espacio, y es igualmente fundamental tener un conocimiento adecuado de las zonas aledañas. No se puede determinar con precisión la diversidad de especies de la Amazonía peruana si no conocemos las especies de Brasil, Peru, Bolivia, Ecuador o Colombia. En EEUU o en la Península Ibérica, por ejemplo, se siguen descubriendo nuevas especies conforme conocemos mejor la variación observada en el espacio, y eso es el resultado de un muestreo minucioso y de análisis que permiten determinar las relaciones evolutivas y límites entre las especies. Por decirlo de otro modo, la resolución, osea, la precisión que nos permite la información disponible en EEUU o en la Península, es mucho mayor que la que permite la información disponible en la Amazonía. Por otro lado, esto son buenas noticias para los jóvenes investigadores, que están sentados en una auténtica mina de oro, una mina que hace ya tiempo viene atrayendo a investigadores extranjeros ávidos de descubrimientos.

Respondiendo a tu segunda pregunta, no sabría decirte cuántas especies hay por varios motivos. Por un lado, porque no sabemos lo que no sabemos — lo que nos queda por descubrir — y, por otro lado, porque la Amazonía resulta dificil de delimitar. ¿Hablamos de la cuenca amazónica o de los bosques húmedos de la cuenca sedimentaria? ¿Dejaríamos fuera a los bosques de galería del Cerrado o a los bosques de la cuenca alta del Orinoco? Nos hemos encontrado con este problema cuando junto con Santiago Castroviejo, Giussepe Gagliardi y otros, abordamos la pregunta de la diversidad amazónica de anfibios mediante un gran proyecto que integra barcoding con nuestro conocimiento taxonómico actual. Decidimos incluir todas las especies que habitan los bosques húmedos de la cuenca sedimentaria y aquellas que ascienden un poco por las laderas de los andes, así como las de los bosques de la cuenca alta del Orinoco, las Guayanas, etc. A pesar de un muestreo muy sesgado, aunque es el más denso realizado a esta escala hasta ahora, encontramos más de 500 especies.

Pero esta enorme diversidad no es garantía para su conservación. ¿Existe algún cálculo de la perdida de especies de anfibios en la Amazonia o, en todo caso, de cómo la presión humana está afectando su diversidad?

Tampoco sabemos eso, así que hay que ponerse manos a la obra. Hace falta mucho trabajo de campo en zonas bien conservadas, alteradas y destruidas. Son necesarios los inventarios a largo plazo, los seguimientos. Y, sin embargo, aun faltando estos estudios, sobra con lo que sabemos. Sabemos lo que significa un bosque talado, una plantación de café o coca, un pastizal artificial para las reses. Sabemos que no son ecosistemas ricos, funcionales, adecuados para el mante­nimiento de las interacciones entre individuos de diferentes especies. Son ambientes domesticados, empobrecidos, inertes. Creo que es hora de cambiar de paradigma. Ese «conocer para conser­var» que he defendido siempre ya no es suficiente. Hay que conservar porque estamos en un estado de emergencia ante una catástrofe planetaria. Necesitamos ecosistemas funcionales, ambientes limpios, agua limpia, una atmósfera liberada de la industria. La destrucción avanza mucho más rápido que el conocimiento. Es más fácil destruir que construir, como sabe cualquiera que haya construido algo. Necesitamos medidas preventivas. En este sentido los inventarios rápidos son un buen ejemplo de como podemos usar nuestro conocimiento incompleto (¡ojo, que siempre lo será!) para promover la conservación. Las iniciativas de conser­vación del Field Museum son un ejemplo a seguir especialmente porque las areas protegidas que promueve surgen de la voluntad de las comunidades locales más que del conocimiento exhaustivo de la biodiversidad. Ya tendremos tiempo de deleitarnos en conocer si conseguimos conservar. Y es que necesitamos conser­var no solo para las ranas, sino para nosotros mismos. Me resulta sumamente perturbador que a estas alturas haya gente que dude de tal obviedad, un claro síntoma de nuestra insuficiente labor educativa.

Hoy en día los estudios basados en el genoma de las especies son como la «rock’n’ roll star» de la ciencia. ¿ Cuál es la importancia de los taxónomos en los tiempos marcados por el genoma? ¿ Queda aún espacio para la historia natural de las especies?

El gran naturalista francés Jean Rostand decía que las ideas pasan pero las ranas se quedan. No me cabe duda de que el interés por la rana prevalecerá. Muchas de las jóvenes dedicadas a desgranar racimos de DNA batracio frente a una pantalla preferirían estar en el campo observando ranas, destejiendo el entramado de relaciones que nos mantiene a todos en pie, o simplemente disfrutando con su enorme diversidad y maravillados ante la magnitud de nuestra ignorancia. Esas naturalistas son, como lo somos todos, víctimas de los intereses económicos y tecnológicos que dirigen las instituciones de la ciencia. La suerte del pobre en la ciencia es que puede seguir haciendo lo que le da la gana. Los taxónomos seguiremos describiendo especies porque eso es lo que nos gusta hacer y porque consideramos importante decir mira, hay otra especie más, como la nuestra, la mismísima Horno sapiens, a la que debemos consideración y respeto siquiera porque ha estado aquí tanto o más que nosotras.

Acaba de iniciar un nuevo reto como profesor del Departamento de Zoología en la Universidad de Granada, su ciudad natal. ¿ Cómo afronta esta nueva etapa de su vida?

Con muchas ganas. Disfruto de la docencia y creo que transmitir lo que uno ha aprendido con pasión es importante. Necesitamos más gente con conocimiento sobre la vida, con empatía, con el vocabulario necesario para difundir la buena nueva de que toda forma de vida es bella y tiene derecho a existir.

¿ Tiene en mente nuevas expediciones biológicas a la Amazonía perua­na? ¿Algún nuevo proyecto de colabo­ración con el IIAP?

De momento no tengo planeado organizar más expediciones a la Amazonía. Hay muchos jóvenes muy bien formados en Perú y creo que son ellas y ellos las que han de continuar el trabajo. Yo estaré feliz de acompañarlos al campo y de ayudar y enseñar lo que pueda. Y, sí, tenemos varios proyectos en colaboración con el Doctor Giussepe Gagliardi. Hemos realizado mucho trabajo de campo juntos tanto en Loreto como en el sur de Perú y hemos de sacar todo el jugo a la información obtenida. Por otro lado, espero poder llevar a mis estudiantes a conocer la Amazonía, al IIAP y por supuesto a esa maravilla de riquezas que es la Reserva Nacional Allpahuayo Mishana.

Attalea Administrador

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