El aliento del bosque: aguajales y cambio climático

Lizardo Fachín Malaverri / Jhon Rengifo Marín

En los últimos años las turberas tropicales, sobre todo las ubicadas en América del Sur, vienen siendo tema de discusión e investigación en diferentes ámbitos científicos, formando además parte de la agenda global, dada la importancia que éstas tienen para el medio ambiente, la economía y la salud pública.

Las turberas existen en, al menos, 180 países, cubriendo un aproximado del 3% de la superficie terrestre. A pesar de que su extensión no es muy significativa, las turberas almacenan el 30% del carbono orgánico existente en el suelo mundial y pueden contener más carbono del que almacenan los bosques. Las turberas se constituyen en un paisaje que es centro de atención mundial por ser muy vulne­rable a la degradación producto de las actividades humanas insostenibles. Estos ecosistemas son muy importantes para las comunidades que habitan en ellos desde tiempos inmemoriales, por los servicios ambientales que proveen (regulan el ciclo del agua, la purifican, son espacios donde se alberga gran cantidad de biodiversidad y conforman su universo espiritual), así como por los beneficios tangibles que proporcionan.

Todo lo mencionado líneas arriba introduce la necesidad de una gestión sostenible de estos ecosistemas, no solo para la conservación de los recursos que atesoran, sino también para mantener los servicios ecosistémicos que brindan y por el gran papel que juegan en la mitigación del cambio climático.

En la Amazonía peruana la mayor extensión de turberas se encuentra en los pantanos de palmeras, que son espacios dominados por la emblemática palmera de aguaje Mauritia flexuosa.

Las emisiones antropogénicas de gases de efecto invernadero (GEI) son la principal causa de cambio climático y calentamiento global. El dióxido de carbono, el metano y el óxido nitroso son los GEI más importantes que contribuyen al calentamiento global. Una fracción significativa de las emisiones totales de GEI es causada por las actividades humanas, sin embargo, otra fracción es causada por la actividad fotosintética de la vegetación.

«En la mayoría de los IP sistemas naturales, estos procesos están más o menos en equilibrio, pero las actividades humanas pueden romper este equilibrio»

Para desarrollarse en un sistema natural, las plantas absorben dióxido de carbono de la atmósfera y nitrógeno del suelo, liberando oxígeno durante el día, sin embargo, este proceso se invierte por la noche, emitiendo de nuevo estos gases a la atmósfera, a través tanto de la respiración de la planta, como de la descomposición del tejido vegetal muerto y la materia orgánica del suelo.

En la mayoría de los sistemas naturales, estos procesos están más o menos en equilibrio y las emisiones son gene­ralmente bajas, pero las actividades antropogénicas pueden romper este equilibro, provocando que las emisiones sean considerablemente mayores.

El año 2016, un grupo de instituciones, entre las que se encuentran varias de los Estados Unidos de América, como el Servicio Forestal (USFS), el Depar­tamento de Estado, la Agencia para el Desarrollo Internacional (USAID) y el Departamento de Energía, así como el Programa SilvaCarbon, la Universidad de Minnesota y el Instituto de Investigaciones de la Amazonía Peruana (IIAP), iniciaron un proyecto de investigación en una turbera tropical que se ubica a pocos kilómetros de la ciudad de Iquitos. La tecnología incorporada por el proyecto ha permitido el ingreso del IIAP a la red AmeriFlux que mide los flujos de dióxido de carbono, agua y energía de los ecosistemas ubicados en diferentes puntos de América Latina.

Torre que soporta los equipos de
medición de gases de efecto invernadero
en el agua] al ubicado en Quistococha,
cerca a la ciudad de Iquitos.

El proyecto, todavía en ejecución, busca generar respuestas al cambio climático y a la degradación de los bosques en el Perú, generando información que pueda ser utilizada en las políticas públicas, aumentando el conocimiento del ciclo del carbono en las turberas de la Amazonía, la comprensión de los procesos biofísicos y los mecanismos de retroalimentación que controlan el balance de metano de una turbera.

«La investigación se desarrolla mediante equipos de alta tecnología que utilizan el método Eddy Covariance que permite determinar si existe una dependencia entre las diferentes variables que son medidas»

La investigación se desarrolla mediante equipos de alta tecnología que utilizan el método Eddy Covariance que mide de manera continua y no destructiva los flujos de carbono a corto y largo plazo, lo que permite tener información del balance neto de carbono en el ecosistema, midiendo principalmente el dióxido de carbono, el metano, el vapor de agua, la temperatura, la humedad del suelo y la radiancia, entre otros parámetros ambientales. El método usa el principio probabilístico de la coya­rianza, por el cual podemos determinar si existe una dependencia entre las diferentes variables que son medidas. Los sensores necesarios para realizar estas mediciones se encuentran locali­zados en una torre ventada de 42 metros de altura que se yergue sobre los suelos de turbera del aguajal ubicado en el parque turístico de Quistococha, cerca de la ciudad de Iquitos, sitio que es administrado por la Dirección Regional de Comercio Exterior, Turismo y Artesanía del Gobierno Regional de Loreto.

Hasta el momento los resultados obtenidos sugieren que nuestro sistema de estudio (aguajal) es un importante sumidero de dióxido de carbono y una fuente de metano. Nuestros resultados muestran un claro aumento de la respiración del ecosistema en condi­ciones más secas y cuando la capa freática es más baja. Asimismo, se manifiesta un aumento de las emisiones de metano durante la temporada de lluvias, sin embargo, se pudo apreciar que no existe un patrón diario significativo, ni una dependencia en cuanto a la temperatura.

Finalmente, se estima que en un horizonte de cien años, los aguaj ales cumplirán un rol muy importante en el efecto neto de enfriamiento del ecosis­tema a través del almacenamiento de carbono, lo que en sí constituye un indicador de importancia para la mitigación del cambio climático y establece la necesidad urgente de conservación de estos importantes ecosistemas.

© Lizardo Fachín Malaverri / Jhon Rengifo Marín

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